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Un primer análisis sobre los resultados del Sexenio de transferencia y su sesgo de género

Fecha de publicación: 21/05/2020

equipo

María Bustelo Ruesta y Olga Salido Cortés, de la Universidad Complutense de Madrid, nos ofrecen unas primeras consideraciones sobre el sesgo de género en los sexenios de transferencia.

El pasado 16 de abril la dirección de la ANECA hacía públicos los resultados de la evaluación de la segunda tanda de 10.715 evaluaciones, lo que supone ya un porcentaje importante de las 16.844 presentadas en la convocatoria piloto de 2018. Estos datos, además, se hicieron públicos desagregados por sexo, lo que nos ha permitido hacer un primer análisis que, a la espera de obtener la totalidad de los datos, nos confirma de una manera muy contundente el importante desequilibrio y “gap” de género que parece producirse en este sexenio de transferencia. Este desequilibrio de género se puede observar bien en los siguientes tres datos generales:

- De las 10.715 solicitudes presentadas, sólo el 34,4 % de los mismas (3.690) son de mujeres. Se presentan casi dos hombres por cada mujer (tasa 2/1).

- Además, la tasa de éxito es mayor para los hombres que para las mujeres, siendo de un 44,9% para los hombres y de 32,4% para las mujeres, habiendo una diferencia de 12,5 puntos porcentuales. A groso modo, esto significa que casi un hombre de cada dos es evaluado positivamente, mientras que en el caso de las mujeres es una de cada tres. Como se puede ver en la tabla de más abajo, esto ocurre en mayor o menor medida, en todas las áreas sin excepción, y siempre en la misma dirección -a las mujeres les cuesta mucho más conseguir ese sexenio de transferencia-.

- Estos dos datos combinados producen el resultado que de los sexenios evaluados positivamente en esta segunda tanda (4.352), el 72,54% (3.157) sean de hombres y sólo el 27,5% sean de mujeres, lo que da una proporción casi más cercana a una mujer por cada 3 hombres evaluados positivamente (tasa3/1). Esto, además de representar un fuerte desequilibrio en sí mismo que debe ser estudiado, repercutirá de forma automática en una profundización de la brecha salarial de género en el ámbito académico, además de colocar en una posición de inferioridad a las mujeres académicas que lógicamente disuadirá a algunas de ellas a presentar sus solicitudes, lo que redundará a la larga en un gap cada vez mayor.

Por lo tanto, tenemos dos cuellos de botella importantes que explican este sustancial desequilibrio:

1.   El primero es que se presentan menos mujeres que hombres. Del total de solicitudes presentadas, sólo el 34% corresponde a mujeres. Esto, lógicamente, hay que estudiarlo controlando por la distribución de mujeres y hombres en la población potencial susceptible de presentarse. Aquí sabemos que hay muchas diferencias por áreas que habrá que analizar en detalle, pero sí podemos utilizar como “proxy” general los datos de “Científicas en Cifras 2017”. Para el año 2016 había un 39% de mujeres en la totalidad de las universidades públicas y centros de investigación (con diferencias de un 47% en humanidades y un 28% en ingenierías). También habrá que controlar la distribución por sexo en esta población potencial, que está compuesta por los investigadores e investigadoras que al menos tienen concedido un sexenio de investigación, ya que esta era una condición requerida para solicitar el de transferencia. Aun salvando todas estas diferencias, parece plausible pensar que puede existir un cierto sesgo en el sentido de que no se presentan todas las mujeres que podrían hacerlo. Habrá que medir bien este sesgo, al igual que explorar y explicar sus causas para poder acertar en el diseño de acciones que incentiven una mayor participación de investigadoras. Como dato curioso, tal y como puede verse en la tabla, en el campo 15 de Ciencias de la Educación, área fuertemente feminizada, sólo el 37,7% de las solicitudes evaluadas en esta segunda tanda pertenecían a mujeres, porcentaje lejano al 46% de investigadoras en universidades y OPIs que nos ofrece el “Científicas en Cifras 2017” para el año 2016 en el área de ciencias sociales (donde se encuentra Ciencias de la Educación). Y ninguno de los porcentajes de solicitudes por parte de mujeres a los campos de Ingeniería informática (19,2%), Ingeniería electrónica y de sistemas (13,5%) Arquitectura e ingeniería (21,6%) o Ingeniería mecánica y de la navegación (17,9%) está cercano al 28% de investigadoras en área de las ingenierías.

2.   Además de que se presentan menos mujeres, cuando estas lo hacen, obtienen tasas de éxito significativamente más bajas a las de los hombres, como se puede observar en la tabla. Como media global a través de todos los campos un 12,5% más bajas, siendo de casi veinte puntos porcentuales en el campo de Ciencias Empresariales (48 % de tasa de éxito para los hombres frente a un 28 % para las mujeres). ¿Se puede atribuir este desequilibrio tan sustantivo a cómo operan los sesgos inconscientes de género en la evaluación? Resulta evidente que, siendo las diferencias tan grandes, éstas no pueden atribuirse en su totalidad a dichos sesgos inconscientes. Más bien habrá que buscarlas en cómo se ha definido inicialmente, en esta experiencia piloto, el concepto de transferencia, es decir, qué se entiende por transferencia del conocimiento, y en cómo se ha operacionalizado y medido dicho concepto en el proceso de evaluación, incluyendo cómo evaluadores y evaluadoras han interpretado, aplicado y medido dicho concepto en cada una de las áreas. ¿Realmente pensamos que las mujeres transfieren menos conocimiento a la sociedad que los hombres? ¿O será que hemos definido como transferencia algo que hacen más los investigadores que las investigadoras? ¿O es una cuestión de reconocimiento? ¿Es posible que estemos primando la transferencia que genera valor económico, o que la transferencia que general valor social está menos reconocida en el caso de las mujeres?

Lo que resulta evidente es que estos datos requieren un estudio a fondo del proceso de evaluación en esta primera experiencia piloto, de manera que se puedan diseñar y tomar las medidas oportunas para que este sesgo de género no siga aumentando.